Nota aparecida en el Nº 61 (enero/febrero de 2001) de la revista Cuadernos de Jazz (España)
Jazz al sur
Año difícil para la economía y la política, 2000 será recordado
por algunos argentinos melómanos como un momento de paradójica luminosidad.
Mientras escribo estas líneas impresionistas, las calles de Buenos Aires
anuncian un concierto de Keith Jarrett y su trío: presentarán, síndrome de
fatiga crónica superado, el potente Whisper
Not. Tal vez cuando las manos de Jarrett dibujen la introducción a Prelude
to a kiss y los allí presentes nos sumergamos en la dimensión suspendida
de la música, aún se oigan los ecos de otros cantos, otros festejos. Como se
sabe, la mitad más uno del país gritó el triunfo de Boca Juniors contra el
Real Madrid (perdón lectores españoles), pero todos sabemos que se trató de
un efímero respiro, sólo eso. La situación general es mala, la gente está
bastante deprimida, la recesión no se ha ido y un paro (huelga general) de 36
horas detuvo al país hace unos días. Ojalá el próximo año las cosas
mejoren un poco.
Sin
embargo, para el jazz –tanto el producido aquí como el invitado del mundo-
el año que termina ha sido muy auspicioso. No es que la música de raíz
afroamericana se haya instalado gloriosamente en los medios nacionales o que
todos vayan por la calles tarareando Chelsea
Bridge. Tampoco están dadas las condiciones para que los buenos
solistas argentinos en el exterior (Pablo Aslan, Andrés Boiarsky, Mario
Parmisano, Diego Urcola o Darío Eskenazi) puedan volver e insertarse en un
mercado laboral muy constreñido, con un estado débil en todo, y
particularmente en materia de política cultural a largo plazo. Pero, sin
alejarnos de la coyuntura, no puede negarse que este año tuvimos un entorno
musical excepcional. Veamos.
Hubo
dos festivales internacionales: uno patagónico, en Bariloche y los Lagos, que
convocó a Michael Brecker, Lenny Andrade y Nicholas Payton, entre muchos
otros, y otro, rioplatense, en La Plata, coronado por Dave Weckl, el pianista
francés Hervé Sellin, el saxofonista austríaco Karl Miklin y el guitarrista
valenciano Ximo Tébar. Ambos encuentros sirvieron también para inventariar
lo mejor del jazz argentino. Aunque no pueden sobrevivir sin la docencia
instrumental, los músicos locales lograron cierta continuidad de trabajo a lo
largo del año, presentándose en boliches como Oliverio, Jazz Club La Plaza,
Notorius, Clásica y Moderna y Tobago. También se animaron, más que en años
anteriores, a grabar y editar sus propios materiales.
Desde
el impecable hard bop del Quinteto Urbano a la relectura jazzística del
cancionero del tango emprendida por Adrián Iaies y El Terceto, la discografía
argentina reveló cierta inflexión, un intento de avanzar en un ambiente que
se había vuelta algo rutinario. En ese sentido, músicos como Guillermo
Bazzola (guitarra), Pablo Ledesma (saxos), El Umbral de Rosario y el Máximo
Rodriguez Quinteto se atrevieron a explorar en sus nuevos compactos –todos
de jazz, todos distintos entre sí- las zonas más osadas del ensanchado
territorio de la improvisación. Muy informados y de buen nivel técnico, los
músicos de las nuevas generaciones están abocados a dialogar con diversas
tradiciones, sin que esto suponga caer en la hibridez de la fusión.
Algo
de todo lo sucedido en el jazz cosecha 2000 fue noticia en los medios. Las
secciones de espectáculos de los diarios principales y un par de suplementos
culturales (“Radar”, de Página 12,
y “Cultura y Nación” de Clarín)
estuvieron este año más atentos y generosos con la actividad jazzística que
en otras ocasiones. Y en radio, aunque sigue faltando una emisora
especializada de cierta potencia, siguió el espacio de jazz de Radio Clásica
y el programa “Tribulaciones” (FM Supernova), conducido por Mario De Cristófaro
y Oscar Mingorance, no sólo puso en el aire jazz contemporáneo y rock
experimental todas las noches, sino que editó una revista mensual y produjo
un ciclo de conciertos en Club de Vino, así como los debuts argentinos de
Bill Frisell, Vernon Reid y Don Byron, entre otros.
A propósito de las visitas, ¡pródiga cartelera la del año 2000!. Desde la histórica gira sudamericana de Dizzy Gillespie en 1956, el jazz argentino se nutrió siempre de los grandes arribos. Esta vez, los críticos musicales debimos suspender citas con amigos y cenas familiares para poder cubrir –al menos parcialmente- una oferta de conciertos muy abundante y de calidad impecable, más allá de los gustos y caprichos: Diana Krall, Dianne Schuur, Zawinul Syndicate, Ron Carter, John Scofield, Scott Henderson, Hancock-Shorter, Brad Mehldau, Wynton Marsalis con la Lincoln Center Jazz Orchestra, Bill Frisell en trío...
Oración
aparte para las tres joyas de la temporada. Por un lado, el quinteto de Dave
Holland en la sala del Hotel Bauen. De gran prestancia rítmica y planteando
un delicioso teorema de colores y contrastes dinámicos, el grupo del
contrabajista presentó Prime Directive, acaso la máxima posibilidad de libertad y rigor
que puede presentar el jazz en la antesala del nuevo siglo. Y por otro lado,
dos encuentros imprevisibles e inclasificables que expusieron de modo
brillante el espíritu lúdico (y esencialmente dialógico) del jazz: Don
Byron con Uri Cane y Dave Douglas con Misha Mengelberg. Para esas colisiones avant-garde de alta temperatura, el escenario no fue el Gran Rex ni
el Opera –los dos santuarios del jazz de primera clase con los que cuenta
Buenos Aires -, sino el espacio más íntimo de La Trastienda.
La
nota triste del año fue la muerte del pianista Baby López Furst, un músico
notable que voló de este mundo mientras sus dedos corrían a dos pianos con
los de su amigo Jorge Navarro. López Furst vivió con swing, sutileza y un
acendrado sentido de la belleza musical. Haberlo conocido y escuchado
enriqueció nuestras vidas, definitivamente.