Entrevista en "Ciudad Abierta", abril de 2001
(por
Pablo Gianera)
Llegó
a la guitarra porque era el instrumento que tenía más a mano y el único que
consiguió hacer sonar. A los quince años estaba fascinado con
Santana. Estudió en Estados Unidos con John Abercrombie. Y ahora, a los 38 años
y con varios discos editados (uno al frente de su Summer Quartet, Long
ago, con el pianista Ernesto Jodos, y una participación como arreglador e
intérprete en Full Moon, flamante
CD de la cantante Eleonora Eubel) Guillermo Bazzola es una de las figuras
centrales del nuevo jazz argentino. “Este año espero grabar con los tres
grupos con los que toco regularmente: el Summer Quartet 2001, ¡En el aire!, y
el dúo con Jodos, con quien me gustaría grabar standards en vivo”,
proyecta.
Tal
vez porque se dedica también a la crítica, Bazzola posee la rara capacidad
de pensar y reflexionar lúcidamente sobre el género. Convencido de las
posibilidades de internet como canal alternativo de circulación, Bazzola
tiene además un excelente sitio (http://www.geocities.com/ghbazzola/)
donde es posible encontrar desde música en mp3 hasta artículos, agenda y una
insólita pero útil guía para aprovechar a fondo la ciudad de Nueva York.
—
¿Qué convierte a una música en jazz?
— Tiene que ver con la improvisación. El jazz en el sentido tradicional se define más en base a una serie de intuiciones que de certezas. Las partes escritas de una big-band, ¿son jazz o no? En la música clásica se trata de respetar fielmente la intención del compositor. En el jazz, en cambio, el compositor es el intérprete. Por otro lado, en algunos casos, como en Thelonious Monk, el arreglo forma parte del tema. Algo parecido pasa con Piazzolla.
—
¿Cómo
sería tu árbol genealógicos de guitarristas?
—
De los tradicionales, Wes Montgomery, Tal Farlow, Kenny Burrel, Grant Green,
Jim Hall. De los
guitarristas del 70 el que más me gusta es John Abercrombie, pero también
Pat Metheny, John Scofield, Bill Frisell. Y de los que aparecieron en los 90,
Kurt Rosenwinkel.
—
¿Qué te da como músico el
ejercicio de la crítica?
—
Para mí se vincula con el hecho de descubrir genealogías, constantes. Ver lo
que está detrás de la escena, sin la necesidad de calificar. Para mí la crítica
va más allá de un mero artículo de divulgación. La crítica implica una
competencia. Es una reflexión sobre la tarea que uno hace. La divulgación
puede por supuesto tener también alguna dosis de valoración crítica
—
¿Para ser crítico es necesario
ser músico?
—
Para la crítica, sí. No para ser divulgador. Pero si vas a criticar los
aspectos técnicos de la realización de una obra artística, tenés que
conocer esos procedimientos técnicos. No podés hablar de la armonía si no
sabés tocar un acorde. Pero creo que cualquier persona con sensibilidad está
capacitada para hacer una “apreciación” de la obra.
—
¿Qué relación detectás entre
el ejercicio de la crítica y la composición?
— Cuando uno ensaya está criticando. Decide qué le parece bien, y qué no. El arte es una actividad práctica. El hecho de esclarecer las microideas que le dan vida a una obra tiene que ver con lo que se va a hacer, y no tanto con lo que se hizo.
—
¿Seguís
algún procedimiento para componer?
— Conozco algunos procedimientos usuales y también tengo los míos, a los que he llegado a partir de la observación de la música hecha por otros, no importa el género. Algunas situaciones extramusicales —la pintura, la literatura, el cine o la observación de la naturaleza— también pueden aportar ideas para la creación musical. Cuando escribo un tema, además del material melódico, los motivos, que son la parte visible de la música, trato de tener más o menos clara una noción de estructura, tanto en el aspecto rítmico como armónico. En “Bulgarus Profanus”, por ejemplo, se me ocurrió utilizar esquemas rítmicos semejantes a algunos que se usan en la música de Bulgaria. “Blue Ice” es un vals que utiliza acordes menores con doce fundamentales distintas. Un precepto estético que respeto es mantener la “redondez” de la forma, que por más complejidad estructural que haya escondida, la música resulte cantable o fácil de recordar y que no haya nada que suene “forzado”. El modelo “canción” me parece interesante, y tal vez por eso disfruto tanto el hecho de trabajar con buenas cantantes, como el caso de Eleonora [Eubel]. Los compositores de jazz a los que admiro, como Kenny Wheeler, Horace Silver, Monk, Ornette Coleman, Duke Ellington o Wayne Shorter (o el mismo Piazzolla), cumplen con esta condición.
—
¿Cómo
ves el movimiento que hay desde hace un tiempo alrededor del jazz en
Argentina?
— Me gusta mucho lo que está pasando ahora en Buenos Aires. Nunca había habido tantos
compositores, el jazz argentino estaba basado en un modelo de imitación, y nunca había habido tantos instrumentistas capaces de interpretar esta nueva música. Tipos como Rodrigo [Domínguez], [Sergio] Verdinelli, [Enrique] Norris o Ernesto [Jodos], por citar a unos pocos, tienen una creatividad fuera de serie. Hace algunos años, proyectos como ¡En el Aire! no hubiesen sido posibles.
¡En el Aire! es el proyecto que Bazzola lleva adelante con Rodrigo Domínguez en saxo soprano, Jerónimo Carmona en contrabajo, Ricardo Cavalli en saxo barítono, Sergio Verdinelli en batería, Natalio Sued en saxo alto, Luis Nacht en saxo tenor.
“De
todos modos —arriesga Bazzola— creo
que esto recién empieza, y tiene pinta de seguir; cada vez aparecen más músicos.
Me preocupa la falta de espacios. En Buenos Aires es bastante difícil
encontrar lugares donde tocar en condiciones medianamente aceptables. Ni
hablemos de cobrar un cachet. Cosas como cobrarle el sonido a los músicos u
otras prácticas similares se han transformado en moneda corriente, y eso
dificulta las cosas. Pero ya lo ves, aquí estamos, siempre con algo nuevo
para mostrar.”